Una luz que no se extingue

Enfoque conceptual

Una luz que no se extingue
Instalación efímera

“Una luz que no se extingue” se inscribe dentro de las prácticas del arte efímero en el espacio público, entendiendo lo efímero no como algo menor o descartable, sino como un acto intensamente presente, profundamente anclado en la experiencia compartida y en el aquí y ahora de la comunidad. La obra parte del gesto ancestral de encender una vela —acción íntima, ritual, afectiva— para proponer una vigilia colectiva y simbólica en defensa de lo que permanece: la memoria del barrio, su identidad viva y su capacidad de resistir a los procesos de transformación urbana que intentan diluir su singularidad.

El fuego, en tanto agente transformador y sagrado, activa la escultura monumental de parafina y revela una paradoja esencial: lo que se consume materialmente, permanece encendido en lo simbólico. El calor de esta llama no es solo físico: es la energía de las voces, los recuerdos y los afectos que se niegan a desaparecer. La obra se convierte así en una invocación comunitaria, un gesto poético que irradia memoria frente al olvido, afecto frente al desplazamiento, deseo frente a la lógica de homogenización espacial que impone la gentrificación.

Ubicada en el Parkway —un corredor verde y cultural que ha sido históricamente un punto de encuentro y ahora vive una tensión entre lo comunitario y lo comercial— la instalación propone una reapropiación simbólica del espacio público. Frente a la monumentalidad pétrea del Almirante Padilla, esta vela encendida se levanta como monumento efímero de lo cotidiano, de aquello que no entra en la historia oficial pero que configura la vida barrial: las conversaciones en la acera, los árboles familiares, los nombres que no aparecen en los mapas.

La temporalidad de la obra —que inicia en su encendido y culmina en su desaparición— hace del tiempo mismo un componente estético, donde la transformación, la fragilidad y la desaparición son parte integral del discurso. Al igual que en las prácticas de Land Art, arte ambiental y performance urbana, la obra no busca permanecer como objeto, sino persistir como experiencia, como memoria compartida que habita el cuerpo, el recuerdo y el relato.

Así, “Una luz que no se extingue” no es solo una obra para mirar: es un acto para habitar, una llama para compartir, un rito para recordar que hay territorios donde la resistencia se enciende con fuego, pero arde con sentido.

– Instalación de Arte Efímero

 ¿Cuál es el nombre de la instalación?

  1. Una luz que no se extingue
  2. ¿Cuál es el concepto central o pregunta que activa esta obra?
    ¿Cómo resistimos a la desaparición simbólica de la vida barrial?
    La obra plantea una reflexión sobre la memoria, la identidad territorial y la afectividad comunitaria en contextos urbanos en transformación. Utiliza el fuego como símbolo de resistencia poética frente al olvido, y convierte un gesto ritual íntimo (encender una vela) en un acto colectivo de vigilia barrial.
  3. ¿Dónde se realizará la instalación?
    Bogotá, barrio Teusaquillo
    Plaza del monumento al Almirante Padilla
    Parkway, corredor verde y cultural
  4. ¿Qué tipo de materiales utilizarás?
    Parafina (biodegradable)
    Estructura interna reciclada
    Elementos combustibles controlados
    Materiales orgánicos (opcional para base o contexto poético)
  5. ¿Cómo se relaciona la obra con el espacio público en el que se sitúa?
    La instalación resignifica un espacio cargado de tensiones históricas y cotidianas: el Parkway. Frente a la monumentalidad patriótica del monumento, se erige una vela efímera como contra-monumento que exalta lo barrial, lo afectivo y lo comunitario. Reactiva el espacio como lugar de encuentro, memoria y cuidado compartido.
  6. ¿Cuál será la duración o ciclo de vida de la obra?
    Una noche.
    Se activa y se consume durante la Noche de las Velitas (7 de diciembre), siguiendo el ciclo de combustión de la parafina. Su duración depende del tamaño, viento y condiciones climáticas.
  7. ¿Cómo se espera que desaparezca o se transforme?
    Mediante combustión controlada.
    El fuego transforma la escultura lentamente hasta que desaparece. El clima puede alterar el ritmo del proceso. La obra se transforma en luz, humo y memoria.
  8. ¿Qué tipo de interacción tendrá con el público?
    Participativa, ritual y contemplativa.
    La comunidad podrá escribir deseos o recuerdos vinculados al barrio, participar del encendido colectivo y compartir un espacio simbólico de vigilia y reflexión.
  9. ¿Hay algún mensaje ambiental, político o social que quieras transmitir?
    Sí. La obra plantea una resistencia simbólica frente a la gentrificación del Parkway y la pérdida de identidad barrial. Celebra la memoria afectiva del barrio y activa una crítica poética sobre el desplazamiento de lo común. También promueve una mirada ecológica en la elección de materiales efímeros y no contaminantes.
  10. ¿Cómo se documentará o registrará esta obra?
    Registro audiovisual (fotografía y video)
    Archivo sonoro de testimonios del público
    Documentación escrita y poética
    Publicación digital como memoria del gesto efímero

Texto curatorial

Una luz que no se extingue

Instalación efímera en espacio público – Teusaquillo, Bogotá

En el corazón de Teusaquillo, donde el Parkway se ha vuelto un territorio en disputa entre lo íntimo y lo comercial, se alzará por una noche una figura hecha de parafina: el retrato encendido de María Soledad, tejida en llama y memoria.

Conocida por algunos como Gloria Bohórquez, María Soledad es una mujer que ha caminado durante años las calles del barrio descalza, envuelta en capas de vestidos confeccionados por sus propias manos con bolsas plásticas, hilos, lanas y relatos en espiral. Su sola presencia es un acto estético, político y místico. En sus palabras desbordadas —“de esta vida aquí desenvuelta y envolviendo otra vez…”— reverberan voces antiguas, ecos de raíces desarraigadas y visiones de un mundo que no encaja en la lógica de la modernización.

“Una luz que no se extingue” es una instalación efímera que la recuerda sin apropiarla, que la convoca sin convertirla en símbolo mudo. Se trata de una escultura de parafina, hiperrealista y sensible, que reproduce su figura en el umbral de la celebración del 7 de diciembre: la Noche de las Velitas. Allí, frente al monumento del Almirante Padilla, su cuerpo encendido hará una vigilia que no es solo ritual: es política. Porque lo que arde no es solo la escultura, sino la pregunta por lo que desaparece —las memorias barriales, las vidas invisibles, las formas no domesticadas del habitar.

El fuego, que tradicionalmente ilumina los altares familiares, aquí activa una memoria que no ha sido contada por la historia oficial. María Soledad representa un modo de estar en el mundo que incomoda al progreso: un cuerpo que resiste los zapatos, una estética tejida desde el descarte, una lengua que se pliega en sí misma como un canto inacabado. Su figura, efímera y ardiente, se levantará por una noche como monumento a la desobediencia tierna de lo que insiste en existir fuera de la norma.

La instalación no es solo una obra escultórica: es un acto de cuidado simbólico. Un encendido colectivo, una contemplación compartida, un fuego que transforma sin borrar. Y cuando la escultura se derrita, lo que quedará será la huella de la cera, el recuerdo de una figura y el eco de una voz que seguirá resonando:

“de la vida, de la familia, del despertar, de las mañanas…”

Porque hay vidas que arden sin apagarse.
Porque hay presencias que no desaparecen.
Porque hay luces que no se extinguen.