El arte en disputa: bienales, política y el riesgo de la distracción

Esta semana Bogotá y Medellín se visten de arte. Las dos ciudades organizan de manera simultánea sus bienales, cada una con discursos monumentales, presupuestos históricos y la promesa de transformar el panorama cultural de Colombia. A simple vista, podría parecer un triunfo: más arte en las calles, más artistas visibilizados, más acceso para el público. Pero lo que se juega detrás de estos eventos es algo distinto: el arte convertido en espectáculo político, en la antesala de una disputa electoral que ya empieza a marcar el destino del país.

La Bienal Internacional de Arte y Ciudad de Bogotá (BOG25) se despliega con un tema tan atractivo como funcional: la “felicidad”. Bajo la administración de Carlos Fernando Galán, la ciudad busca proyectarse como moderna, global y competitiva. El arte se presenta como un aliado del urbanismo y la gestión, un emblema de bienestar ciudadano. Mientras tanto, la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BIAM 2025), liderada por Federico Gutiérrez, revive la memoria de las históricas bienales de Coltejer. Con el lema de la “libertad”, Medellín y Antioquia se posicionan como bastión regional frente al poder central, desplegando un modelo descentralizado que busca irradiar fuerza política desde lo local hacia lo nacional.

Y en paralelo, el gobierno nacional insiste en su propia narrativa cultural: la “paz total”, la memoria, la reconciliación. Así, tres proyectos distintos —felicidad, libertad y paz— configuran un triángulo simbólico en el que las artes dejan de ser un espacio autónomo para convertirse en banderas de proyectos políticos en pugna.

El problema no está en que el arte dialogue con la política. El arte siempre ha sido político. El problema es cuando el arte es instrumentalizado para maquillar agendas, desplazar debates o distraer con shows mediáticos lo que debería ser una confrontación crítica sobre la realidad del país. La “felicidad” como marca ciudad, la “libertad” como consigna opositora, la “paz total” como promesa de gobierno: todas son narrativas válidas en la arena política, pero no pueden suplantar la voz de los artistas, quienes son los que deben usar el arte para hablar de nuestra compleja realidad.

Lo que observo —como artista y como gestor cultural— es un riesgo de dependencia peligrosa: que el sector artístico se someta a la lógica del mecenazgo político, que el valor de las obras se mida por su capacidad de decorar un proyecto de gobierno y no por su fuerza crítica. Que los artistas, en lugar de ser interlocutores incómodos, se conviertan en escenografía de una narrativa electoral.

Al mismo tiempo, no podemos negar que estas bienales traen oportunidades: recursos inéditos, visibilidad internacional, públicos masivos. Pero si no somos capaces de reclamar autonomía, de exigir que las bienales sean espacios de reflexión y no vitrinas de campaña, corremos el riesgo de que el arte se reduzca al papel de telón de fondo en el teatro del poder.

Yo escribo desde una posición incómoda: como artista que ha vivido de cerca la exclusión de los grandes eventos, pero también como experto en políticas culturales que conoce los engranajes de estos proyectos. Mi preocupación no es que Bogotá o Medellín hagan bienales; es que esas bienales terminen vaciadas de sentido, más útiles para el cálculo electoral que para la imaginación política de los propios artistas.

El arte en Colombia merece ser algo más que un espectáculo preelectoral. Merece ser el lugar donde se dice lo que incomoda, donde se interroga la historia y donde se inventan futuros que la política por sí sola no se atreve a imaginar.

 

Bienales en disputa: el arte como escenario de la política en Colombia

Cuando el arte se convierte en escenario electoral

Septiembre de 2025 quedará marcado como un hito en la historia cultural de Colombia: por primera vez, Bogotá y Medellín organizan de manera simultánea dos bienales internacionales de arte. Lo que podría interpretarse como un florecimiento cultural inédito revela, en realidad, una disputa de poder. Las bienales de Bogotá (BOG25) y Medellín (BIAM 2025) se han convertido en campos de batalla simbólicos para alcaldes que aspiran a la presidencia, en contrapeso a un gobierno nacional que también utiliza la cultura como bandera de su proyecto político.

El arte, con su potencia simbólica y emocional, está en el fuego cruzado de una competencia que ya trasciende lo cultural. Y la pregunta central es inevitable: ¿estamos ante una democratización real de la experiencia artística o ante el uso del arte como espectáculo electoral?

Bogotá: la “felicidad” como marca ciudad

La Bienal Internacional de Arte y Ciudad de Bogotá (BOG25), impulsada por el alcalde Carlos Fernando Galán, se presenta como la apuesta cultural más ambiciosa de la capital. Con un presupuesto público superior a 7.000 millones de pesos y más de 200 artistas de 12 países, la bienal busca convertir a la ciudad en un “museo a cielo abierto”.

El eje curatorial, “Ensayos sobre la felicidad”, es un concepto tan atractivo como funcional. En palabras oficiales, pretende cuestionar la mercantilización de la felicidad y sus usos en la sociedad contemporánea. Sin embargo, como he analizado en mi trabajo sobre la instrumentalización cultural, esta elección opera también como un desplazamiento narrativo: mientras el gobierno nacional centra su discurso en la memoria y la paz, Bogotá ofrece una narrativa optimista y despolitizada que refuerza la imagen de una ciudad tecnocrática, moderna y global.

Casa Común – El espacio de la Felicidad en Bogotá

El equipo curatorial de élite —José Roca, María Wills, Jaime Cerón y Elkin Rubiano— funciona como un “escudo curatorial”, blindando el evento de críticas y otorgando legitimidad intelectual. Pero cabe preguntarse si estos curadores ejercen autonomía plena o si su prestigio ha sido instrumentalizado para legitimar una agenda política predefinida.

 

Medellín: la “libertad” como bandera regionalista

Por su parte, la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (BIAM 2025) revive el legado de las bienales de Coltejer (1968-1972), aquellas que en su momento posicionaron a Medellín en el mapa internacional. Federico Gutiérrez, actual alcalde, recurre a esta memoria como capital simbólico para proyectar un modelo regionalista y opositor al gobierno central.

Con el lema de la “libertad”, la BIAM articula un discurso cargado de connotaciones políticas: en el contexto actual, la palabra es bandera de la oposición de centro-derecha frente al gobierno de Gustavo Petro. El arte, aquí, se presenta como catalizador de transformación social, pero al mismo tiempo refuerza una narrativa ideológica de desconfianza frente al Estado central.

Un rasgo distintivo es su modelo descentralizado: más de 50 municipios de Antioquia participan en la bienal, desde Rionegro hasta La Ceja. Esta extensión territorial no es solo curatorial, sino política: cada intervención artística en una subregión funciona como un acto de presencia del proyecto Gutiérrez en la vida cotidiana del departamento.

Nación: la “paz total” como política cultural

Mientras tanto, el gobierno de Gustavo Petro despliega su propia narrativa cultural. Programas como “Artes para la Paz” y la reactivación del Museo de la Memoria se inscriben en un proyecto que utiliza la cultura como herramienta para la reconciliación y la construcción de paz.

Sin embargo, estas iniciativas han sido cuestionadas por problemas de ejecución y nombramientos con escasa experiencia en memoria histórica. El Museo de la Memoria, cuya obra lleva años de retraso y denuncias de irregularidades estructurales, se ha convertido en símbolo de la brecha entre discurso y capacidad institucional. De esta manera, el gobierno nacional no queda al margen de la instrumentalización: mientras Bogotá se apoya en el prestigio curatorial y Medellín en la memoria regional, la Nación opta por el control burocrático para asegurar alineación política en sus proyectos culturales.

Contexto histórico: del mercado al Estado

Para comprender el trasfondo de este momento, es necesario recordar el papel de la feria ARTBO, que durante casi dos décadas fue el epicentro del arte en Bogotá. Su crisis, marcada por la salida de María Paz Gaviria en 2025, abrió un vacío que la Alcaldía aprovechó para posicionar a BOG25 como alternativa pública frente al modelo comercial de la Cámara de Comercio.

Este giro confirma una tendencia que ya he señalado en mis investigaciones: la cultura, antes dominada por el mercado y las élites privadas, hoy se disputa desde el Estado como un recurso estratégico. El riesgo es que el arte quede atrapado en una lógica de mecenazgo político, subordinado a la rentabilidad simbólica que puede ofrecer en campaña.

Voces críticas

Algunos actores del campo artístico ya han levantado alertas. El curador Halim Badawi advierte que las posturas autoritarias suelen camuflarse bajo discursos renovadores para descalificar la práctica artística contemporánea. El artista y escritor Lucas Ospina cuestiona desde hace años la relación entre instituciones, poder y producción artística en Bogotá. Incluso voces internas como Jaime Cerón, parte del equipo curatorial de BOG25, han señalado la complejidad de responder al contexto político con autonomía crítica.

¿arte o decorado electoral?

Como artista y gestor cultural, observo en estas bienales una paradoja: por un lado, ofrecen recursos inéditos, visibilidad internacional y acceso masivo al arte contemporáneo. Por otro, corren el riesgo de sofocar la crítica y convertir al arte en escenografía de una disputa política.

El arte debe dialogar con la política, sí, pero no puede ser reducido a show mediático ni a telón de fondo electoral. Si el valor de las obras se mide solo por su capacidad de legitimar a un candidato o un proyecto de gobierno, habremos perdido la esencia misma del arte como espacio de incomodidad, interrogación y creación de mundos posibles.

El 2025 puede ser recordado como el año en que Colombia llevó el arte a un nivel inédito de visibilidad pública. La gran pregunta es si lo recordaremos también como el año en que el arte fue capturado por la política o como el año en que supimos reclamar su autonomía para que volviera a hablar, con fuerza propia, de nuestra realidad compartida.