
La soledad es, probablemente, uno de los miedos más antiguos del ser humano. Siempre ha estado ahí, y desde nuestros orígenes luchamos contra ella moviéndonos en grupos o cuadrillas y velando por los demás, hasta que nos marchamos. Quizá la muerte, el otro temor más arcaico, también tiene algo que ver con ese miedo a la soledad, pues el mismo Bécquer trataba de poner palabras a ese desamparo con la famosa frase, «qué solos se quedan los muertos«. Hay un animal en el mundo que, sin embargo, tiene el título de ser el más solitario debido a su triste historia. Es la ballena de 52 hercios, también conocida como ‘la ballena solitaria’ o ‘whalien 52’. Fue descubierta en 1989, y desde entonces se la ha podido detectar en distintas ubicaciones del globo. Y es que en la década de los 60 del pasado siglo, dos biólogos estadounidenses descubrieron que las ballenas jorobadas macho producen algo así como cantos repetitivos para poder comunicarse con otros miembros de su especie.
No tiene un patrón parecido al de las otras ballenas, sino que sus cantos son mucho más altos, cortos y frecuentes
Desde entonces, los expertos han continuado estudiando el lenguaje de estos mamíferos, por lo que en la actualidad se sabe que los sonidos que emiten se encuentran en un rango de frecuencias que oscilan entre 15 y 25 hercios. ¿El problema? La ballena de 52 hercios, como indica su nombre, canta a una frecuencia inusual, mucho mayor en comparación a otras especies.
No tiene un patrón parecido al de las ballenas azules (entre 10 y 39 hercios) ni al de las de aleta (unos 20 hercios) sino que sus cantos son mucho más altos, cortos y frecuentes. A día de hoy no se conoce con precisión el mecanismo fisiológico de dichos cantos, pues, por ejemplo, las ballenas barbadas tienen laringe pero no cuerdas vocales, y tampoco necesitan espirar el aire para emitir estos curiosos sonidos.
Aún no se ha hallado a la ballena de 52 hercios. Desde 1992, los investigadores de la Institución Oceanográfica de Woods Hole trataron de registrar su canto, así como sus movimientos migratorios por el Pacífico norte. Lo hicieron durante 12 años con la ayuda del Sound Surveillance System (SOSUS), un sistema de vigilancia creado por la marina estadounidense durante la Guerra Fría para detectar submarinos rusos. Con la caída del telón de acero, sin embargo, el SOSUS fue desclasificado por el gobierno.
Se trata de un macho, porque son ellos quienes realizan complejos cantos para atraer a las hembras y así aparearse
La conclusión, desde un punto de vista teórico teniendo en cuenta la incapacidad de identificar la especie, es que se trata de un macho, porque son ellos quienes realizan complejos cantos para atraer a las hembras y aparearse. Además, se ha comprobado tras los años de monitorización que sus trayectos coinciden con los de otras ballenas. Las premisas son varias: podría ser una ballena azul que sufre algún tipo de malformación, un híbrido entre dos especies, el último miembro de una familia extinta o incluso una ballena sorda que jamás ha aprendido a emitir los sonidos a las frecuencias adecuadas.
Sea como fuere, la cultura popular ha tratado de humanizar a la ballena no solo dándole ese sobrenombre de ‘la ballena más solitaria del mundo’, sino con canciones (Chrysta Bell, los coreanos BTS), cortometrajes como ‘The Loneliest’ (2014) o incluso libros como ‘A 52-hertz whale’ de Bill Sommer. En realidad, no podemos saber con exactitud si no puede reproducirse o si las otras ballenas realmente no le escuchan, pues podrían hacerlo (aunque su canto les resulte raro). Pero en el imaginario colectivo, con empatía, ha quedado la historia de esta triste ballena que se mueve sola por el mundo, solo porque ningún otro ejemplar es capaz de oírla. Quizá algún día su mensaje pueda descifrarse.

La frecuencia 52
Cumplo 52.
Y pienso en la ballena que canta a 52 hercios,
esa voz única que atraviesa el océano
sin que nadie la escuche.
Dicen que su canto es más agudo,
demasiado breve para las demás,
un idioma incomprendido entre las sombras azules.
Pero aun así canta.
Canta sin esperar respuesta.
Canta porque no sabe hacer otra cosa
que decirse a sí misma que existe.
En mis 52 años he aprendido
que hay una soledad distinta,
una que no duele sino que acompaña.
Esa que se parece al silencio del mar profundo,
cuando ya no buscas la multitud,
sino la claridad del eco interior.
Quizá no somos tan distintos,
esa ballena y yo:
cada uno ha aprendido a moverse
siguiendo una frecuencia que pocos perciben.
Los otros nadan cerca,
siguiendo rutas marcadas,
pero uno—uno solo—se atreve a desviarse
y a convertir su desajuste en canto.
Hoy, al cumplir 52,
entiendo que la vida no es encontrar quien te oiga,
sino afinar el tono con el que te hablas por dentro.
No hay tristeza en eso,
solo la madurez de saberse parte del océano
aunque no haya otro cuerpo que responda.
Quizá mi voz también se pierde entre las corrientes,
pero sigue allí: constante, sincera,
buscando su destino entre las olas.
Porque, como la ballena,
no busco ya compañía,
sino resonancia.



