ARTEFACTUM –
Laboratorio de co-creación en artes plásticas y visuales.
Artefactum nació para nosotros como una invitación a encontrarnos desde lo que somos: artistas, vecinos, colectivos y ciudadanías que habitamos Bogotá con nuestras preguntas, nuestras memorias y nuestros oficios. En el marco de Barrios Vivos, este proyecto se convirtió en un espacio donde las diferencias no nos separaron, sino que abrieron posibilidades para imaginar juntos. En cada laboratorio compartimos saberes, experimentamos sin miedo, escuchamos a los territorios y descubrimos formas nuevas de crear desde la co-creación y el diálogo. Más que una propuesta cultural, Artefactum fue una experiencia de comunidad: un lugar donde el arte se volvió puente, impulso y punto de partida para pensar otras maneras de transformar la ciudad desde adentro.
O Fortuna: Semiótica de la Promesa y el Azar
La instalación O Fortuna, desarrollada por el colectivo del Taller ARTEFACTUM en el marco de IDARTES, es una obra itinerante que recorre Bogotá como una máquina del destino contemporáneo: tres tragaperras intervenidas plásticamente que convierten la fe cívica, el progreso urbano y las promesas íntimas en una gramática del azar. El proyecto se sostiene sobre una tesis que resuena con la noción de Casino Real del pensamiento contemporáneo: en la era algorítmica, el azar ya no pertenece al terreno del caos, sino a la lógica de control. El sistema político, financiero y afectivo se configura como una red de apuestas programadas, donde cada acción —votar, endeudarse, amar— funciona como una jugada en un casino que necesita que sigamos creyendo que algún día ganaremos.
La máquina, como metáfora y estructura, no promete fortuna, sino reconocimiento. Cada giro revela la programación oculta de la promesa moderna: la ilusión de elección que oculta un resultado diseñado.
La Máquina del Estado-Nación: La Ruleta de la Identidad Vacía
Aquí la promesa rota se expresa en la iconografía patriótica, reconstruida desde una lectura arqueológica del símbolo nacional. El cóndor, las cornucopias, la bandera y el gorro frigio —herencia del republicanismo ilustrado— giran junto a nuevos emblemas insurgentes: la Wiphala, las estatuas caídas y los fragmentos de memoria. La alineación de los símbolos oficiales es la “pérdida”: la repetición mecánica de una identidad sin sentido. La alineación de los símbolos de disputa es el “premio”: la irrupción de una memoria activa que desprograma el relato nacional.
La nación aparece como una ruleta de significados que gira sin dirección, un sistema donde la historia se recicla para mantener la fe en la promesa de unidad.
La Máquina de la Infraestructura: La Promesa Rota como Ruina
La segunda máquina traduce el discurso del progreso en lenguaje de ruina. Los íconos —el Elefante Blanco, el Metro inconcluso, la Casa Jaula del crédito, el Ouroboros financiero— conforman la trilogía de la deuda perpetua.En contraposición, aparecen las infraestructuras de la esperanza: la olla comunitaria, la olla comunitaria, la guardia indígena. Ganar aquí no es alcanzar riqueza, sino reconocer que la verdadera infraestructura social no se levanta con cemento, sino con cooperación.
En el engranaje dorado de la deuda, la ciudad se vuelve un casino urbano: el ciudadano sigue apostando tiempo, trabajo y fe a un futuro que nunca llega.
La Máquina de lo Cotidiano: El Lenguaje Vacío
La tercera máquina lleva la ruina al lenguaje.
Las pequeñas promesas —“te llamo”, “nos vemos”, “te amo”— giran sin cesar en una coreografía de afectos devaluados. El fracaso sistémico del Estado produce una crisis semiótica: el signo se separa de su sentido, la palabra pierde peso, y la promesa se convierte en una fórmula performativa que mantiene la apariencia del vínculo.
El amor, el dinero y la salud se convierten en apuestas: en cada giro, la fe cotidiana reproduce la lógica del algoritmo. La promesa personal es el reflejo de la promesa estatal: ambas operan bajo la ilusión de reciprocidad, pero en realidad solo sostienen el ciclo del juego.
El Proceso Semiótico: Premios, Pérdidas y Reconocimiento
El diseño de O Fortuna se organiza como un sistema de signos en rotación, donde cada máquina representa un nivel de promesa (simbólica, material, lingüística). Los “premios” y “pérdidas” no son resultados aleatorios, sino estructuras de sentido que revelan cómo opera el poder:
- Perder es reproducir la ilusión del sistema.
- Ganar es reconocer el artificio y ver el mecanismo.
El gesto de introducir una moneda no activa una máquina, sino una alegoría del presente: la economía del deseo, donde la fe se convierte en capital y la esperanza en combustible político.
“Estas máquinas no simulan azar: lo administran.”El arte, en O Fortuna, no busca romper la programación, sino exponerla.
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O Fortuna: Semiótica de la Promesa y el Azar
La instalación O Fortuna, desarrollada por el colectivo del Taller ARTEFACTUM en el marco de IDARTES, es una obra itinerante que recorre Bogotá como una máquina del destino contemporáneo: tres tragaperras intervenidas plásticamente que convierten la fe cívica, el progreso urbano y las promesas íntimas en una gramática del azar. El proyecto se sostiene sobre una tesis que resuena con la noción de Casino Real del pensamiento contemporáneo: en la era algorítmica, el azar ya no pertenece al terreno del caos, sino a la lógica de control. El sistema político, financiero y afectivo se configura como una red de apuestas programadas, donde cada acción —votar, endeudarse, amar— funciona como una jugada en un casino que necesita que sigamos creyendo que algún día ganaremos.
La máquina, como metáfora y estructura, no promete fortuna, sino reconocimiento. Cada giro revela la programación oculta de la promesa moderna: la ilusión de elección que oculta un resultado diseñado
La Máquina del Estado-Nación: La Ruleta de la Identidad Vacía
Aquí la promesa rota se expresa en la iconografía patriótica, reconstruida desde una lectura arqueológica del símbolo nacional. El cóndor, las cornucopias, la bandera y el gorro frigio —herencia del republicanismo ilustrado— giran junto a nuevos emblemas insurgentes: la Wiphala, las estatuas caídas y los fragmentos de memoria.La alineación de los símbolos oficiales es la “pérdida”: la repetición mecánica de una identidad sin sentido. La alineación de los símbolos de disputa es el “premio”: la irrupción de una memoria activa que desprograma el relato nacional.
La nación aparece como una ruleta de significados que gira sin dirección, un sistema donde la historia se recicla para mantener la fe en la promesa de unidad.
La Máquina de la Infraestructura: La Promesa Rota como Ruina
La segunda máquina traduce el discurso del progreso en lenguaje de ruina. Los íconos —el Elefante Blanco, el Metro inconcluso, la Casa Jaula del crédito, el Ouroboros financiero— conforman la trilogía de la deuda perpetua.En contraposición, aparecen las infraestructuras de la esperanza: la olla comunitaria, la olla comunitaria, la guardia indígena. Ganar aquí no es alcanzar riqueza, sino reconocer que la verdadera infraestructura social no se levanta con cemento, sino con cooperación.
En el engranaje dorado de la deuda, la ciudad se vuelve un casino urbano: el ciudadano sigue apostando tiempo, trabajo y fe a un futuro que nunca llega.
La Máquina de lo Cotidiano: El Lenguaje Vacío
La tercera máquina lleva la ruina al lenguaje. Las pequeñas promesas —“te llamo”, “nos vemos”, “te amo”— giran sin cesar en una coreografía de afectos devaluados. El fracaso sistémico del Estado produce una crisis semiótica: el signo se separa de su sentido, la palabra pierde peso, y la promesa se convierte en una fórmula performativa que mantiene la apariencia del vínculo. El amor, el dinero y la salud se convierten en apuestas: en cada giro, la fe cotidiana reproduce la lógica del algoritmo. La promesa personal es el reflejo de la promesa estatal: ambas operan bajo la ilusión de reciprocidad, pero en realidad solo sostienen el ciclo del juego.
El Proceso Semiótico: Premios, Pérdidas y Reconocimiento
El diseño de O Fortuna se organiza como un sistema de signos en rotación, donde cada máquina representa un nivel de promesa (simbólica, material, lingüística). Los “premios” y “pérdidas” no son resultados aleatorios, sino estructuras de sentido que revelan cómo opera el poder:
- Perder es reproducir la ilusión del sistema.
- Ganar es reconocer el artificio y ver el mecanismo.
El gesto de introducir una moneda no activa una máquina, sino una alegoría del presente: la economía del deseo, donde la fe se convierte en capital y la esperanza en combustible político.
“Estas máquinas no simulan azar: lo administran.”El arte, en O Fortuna, no busca romper la programación, sino exponerla.
La Mecánica del Desencanto y la Arquitectura del Azar
En el denso tejido urbano de Bogotá, donde la modernidad y la ruina coexisten en una tensión perpetua, se erige un nuevo artefacto de intervención política y poética destinado a dislocar el flujo peatonal de la localidad de Teusaquillo. Bajo el título O Fortuna, esta propuesta instalativa no se presenta meramente como una obra de arte estática, sino como un dispositivo de diagnóstico sociológico radical que resignifica la experiencia colombiana a través de la lógica operativa de la máquina tragaperras. Lejos de una apropiación estética superficial de la cultura del casino, la propuesta sostiene una tesis devastadora: la estructura fundamental que gobierna el Estado-nación colombiano, su desarrollo infraestructural y la intimidad afectiva de sus ciudadanos no es la democracia, ni la planificación urbana, ni el amor romántico, sino un juego de azar manipulado.
La instalación, compuesta por tres máquinas interactivas, desglosa la fenomenología de la «promesa rota» en tres estratos geológicos de la decepción nacional: el macro-político (La Nación), el meso-estructural (La Infraestructura) y el micro-social (Lo Cotidiano). Al invitar al espectador a insertar una moneda —descrita en el texto curatorial como un «gesto de confianza» y una «fe mínima»—, la obra inicia un ciclo mecánico que mimetiza los bucles fisiológicos y psicológicos de esperanza y frustración que caracterizan la psique nacional. La premisa teórica de O Fortuna sugiere que los símbolos patrios, los planos del progreso urbano y los votos del amor interpersonal han sido vaciados de su peso referencial, reducidos a íconos giratorios en un sistema diseñado para administrar una «ilusión de elección» que oculta el diseño predeterminado del resultado.
Este informe de investigación ofrece un análisis exhaustivo y matizado de la propuesta O Fortuna, situándose dentro de las metodologías de co-creación del laboratorio ARTEFACTUM, deconstruyendo su rigidez conceptual semiótica y cartografiando sus implicaciones socio-espaciales. El análisis rastrea la trayectoria de la obra desde su legitimación institucional en el Centro Felicidad (CEFE) Chapinero hasta su inserción en los espacios públicos en disputa de Teusaquillo. A través de la lente de la teoría crítica de Walter Benjamin sobre los pasajes parisinos, la antropología de la adicción de Natasha Dow Schüll y la genealogía histórica de la simbología colombiana, se argumenta que O Fortuna funciona como un «contra-monumento» al fatalismo operativo del estado poscolonial.
El Laboratorio de lo Social:
ARTEFACTUM y la Política de la Co-Creación
Para comprender la densidad conceptual de O Fortuna, es imperativo interrogar primero su génesis dentro de los Laboratorios de Co-creación e Innovación Social ARTEFACTUM, una iniciativa del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES) que marca un cambio paradigmático en la producción de arte público en Bogotá. Este modelo se aleja de la figura del «artista genio» vertical para abrazar una construcción polifónica y horizontal del significado, donde la ciudadanía no es solo espectadora, sino co-autora de la narrativa simbólica.
La Metodología de la Colmena: Riesgo, Error y Experimentación Situada
Los laboratorios ARTEFACTUM se conciben como «territorios para probar, fallar e intentar cambiar», priorizando el proceso creativo sobre el producto final. Esta metodología es crucial para la ontología de O Fortuna, ya que la obra no busca imponer una visión autoritaria y singular del país, sino que agrega las frustraciones y deseos colectivos de la comunidad. La metodología es «situada», adaptándose al contexto específico del territorio —en este caso, las tensiones urbanas de Teusaquillo y Chapinero— y reconociendo el potencial creativo de cada participante, disolviendo las jerarquías entre artistas profesionales y ciudadanos de a pie.
El resultado es un precipitado colectivo de la psique social. La elección de la máquina tragaperras como medio no es fortuita; surge de un diálogo entre co-creadores que identifican que la vida en Bogotá se siente gobernada por un algoritmo de alto esfuerzo y recompensa aleatoria, a menudo punitiva. La «incertidumbre» que ARTEFACTUM defiende como parte constitutiva del proceso creativo se refleja irónicamente en la obra misma, que utiliza la mecánica de la incertidumbre (el juego de azar) para criticar la precarización de la vida. El laboratorio funciona como un espacio de experimentación donde el error no es un obstáculo, sino un componente creativo fundamental, permitiendo que la instalación explore las fallas del sistema sin temor a la censura institucional inmediata.
La Transición a la Circulación: De la Incubadora al Espacio Público
La fase de circulación, programada para noviembre y diciembre de 2025, marca la transición crítica del puerto seguro del laboratorio a la esfera pública. El despliegue de O Fortuna se alinea con la estrategia más amplia de IDARTES de utilizar la marca «Artefactum» para intervenir en el metabolismo cultural de la ciudad, colocando estos objetos co-creados en escenarios de alta visibilidad como el CEFE Chapinero y la Cinemateca. Esta legitimación institucional otorga a la instalación una capa de protección que le permite realizar una crítica subversiva a las mismas estructuras estatales que la financian —una tensión inherente y productiva en el arte público contemporáneo.
El Motor Semiótico:
Una Deconstrucción Tripartita de la Apuesta Nacional
La rigidez conceptual de O Fortuna descansa en una alineación semiótica estricta a través de sus tres máquinas constituyentes. La propuesta extrae elementos de un profundo pozo de iconografía colombiana, trauma histórico y malestar contemporáneo, organizándolos en «rodillos» (reels) que giran sin fin. El análisis de la documentación proporcionada revela un complejo «palimpsesto» de identidad, que la instalación anima mecánicamente, transformando la historia en una combinatoria probabilística.
Máquina I:
El Estado-Nación (La Rota Fortuna de la Identidad)
La primera máquina aborda la «construcción simbólica de la identidad», funcionando como una crítica a la narrativa histórica que define la «colombianidad». La documentación sugiere que la identidad colombiana es un «campo de batalla» de símbolos, continuamente reescrito, pero nunca completamente borrado. El formato de la máquina tragaperras es particularmente eficaz aquí, ya que trata a los símbolos históricos no como verdades fijas y sagradas, sino como fichas de valor intercambiable en un mercado de legitimidad política.
El documento Simbología Colombiana destaca la representación precolombina Muisca, que representa el movimiento cósmico y la correspondencia «como es arriba, es abajo», simbolizando la evolución y los ciclos de la Vía Láctea. En la máquina tragaperras, la espiral —otrora símbolo como Bachué y Bochica— se reduce al movimiento giratorio y mecánico del rodillo. El tiempo cíclico sagrado de los Muiscas se seculariza y degrada en el tiempo repetitivo y adictivo del jugador compulsivo.
De manera similar, la Rana, símbolo fundamental de fertilidad, agua y el origen del juego de Tejo (Turmequé), aparece como un ícono de premio potencial. La ironía es estructural: el Tejo es un juego ancestral de habilidad, pólvora y comunidad, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial; la máquina tragaperras es el juego moderno de consumo pasivo y aislamiento. Al colocar la rana en el rodillo, la instalación lamenta la pérdida de la cosmogonía indígena activa frente al azar capitalista pasivo. La orfebrería muisca, los tunjos, que eran ofrendas sagradas, se convierten aquí en la moneda que alimenta la máquina, desacralizando la ofrenda en una transacción comercial.
La máquina interroga la «iconografía del miedo y la salvación» impuesta durante la Conquista, las vírgenes sincréticas funcionan como «comodines» (wild cards) en este juego nacional. El análisis histórico señala que las imágenes religiosas se utilizaron como un «puente lingüístico» para la evangelización y el control.1 En O Fortuna, estas imágenes revierten a su función original de control biopolítico: prometen salvación (una victoria en el juego) mientras exigen sumisión (la apuesta continua). El sincretismo, que fue una forma de resistencia donde lo indígena sobrevivía camuflado, se presenta aquí como una confusión de identidades, una «ensalada» de significantes que giran demasiado rápido para ser decodificados.
La crítica más mordaz se reserva para los símbolos republicanos. El Gorro Frigio, un símbolo universal de libertad importado de la Revolución Francesa y colocado en una lanza en el escudo nacional, gira junto a las Cornucopias (cuernos de la abundancia). La instalación vuelve absurdos estos emblemas de la Ley 3 de 1834. Las cornucopias, destinadas a derramar oro y frutos sobre la nación, están atrapadas detrás del vidrio de una máquina que solo recibe dinero y rara vez lo devuelve.
El Istmo de Panamá, presente en el escudo como una «herida fantasma» o «miembro perdido» de la nación, sirve como el símbolo del «Near Miss» (Casi Acierto) en la psicología del juego. En el diseño de máquinas tragamonedas, el «casi acierto» (ver el símbolo del premio justo encima o debajo de la línea de pago) está diseñado para activar las mismas áreas de recompensa en el cerebro que una victoria real, fomentando la continuación del juego. Panamá es el premio gordo que Colombia casi retuvo, pero perdió, alimentando una nostalgia nacional que impulsa la compulsión de seguir jugando a la política para «recuperar» la grandeza perdida.
Máquina II:
La Infraestructura de la Ruina (La Arquitectura del Vacío)
La segunda máquina desplaza el foco de lo simbólico a lo material, catalogando las manifestaciones físicas de las promesas rotas del Estado. El documento «Serie Infraestructura» proporciona una iconografía desgarradora del «Elefante Blanco», la obra pública inconclusa que define el paisaje urbano colombiano.
Los íconos descritos —como el «Edificio elefante blanco» con vegetación brotando entre las ruinas — evocan una «estética de la ruina» particular. A diferencia de las ruinas europeas que hablan de un pasado glorioso, las ruinas latinoamericanas contemporáneas, o «ruinas inversas», son edificios que nacieron viejos, que se arruinaron antes de ser habitados.
La máquina convierte al Museo de Memoria en un símbolo de juego. La ironía es punzante: el Museo de Memoria de Colombia es, en la realidad actual (2024-2025), un «elefante blanco» paradigmático, una obra paralizada por la inercia burocrática, disputas contractuales y debates políticos sobre la narrativa del conflicto armado. En la máquina, el ícono del Museo representa la «Ruina de la Reparación», la incapacidad estructural del Estado para sanar las heridas que permitió. Es un «contra-monumento al olvido» que emite luz desde sus grietas, sugiriendo que la memoria persiste a pesar de la infraestructura fallida.
El ícono del «Crédito», representado como una tarjeta dorada que se pliega sobre sí misma formando una serpiente que devora su cola (ouroboros), captura perfectamente la financiarización de la esperanza. La máquina tragaperras es el vehículo ideal para este mensaje, ya que es un dispositivo diseñado para extraer valor a través de la ilusión de ganancia potencial. El ícono de la «Casa Propia», enjaulada dentro de un signo de pesos ($), hace referencia directa a las crisis de vivienda (UPAC/UVR) en Colombia, donde el sueño de la estabilidad se transformó en una trampa de deuda perpetua. La «ilusión del hogar» se convierte en una prisión financiera, un concepto reforzado por el aumento de los precios de la vivienda y la gentrificación en áreas como Teusaquillo.
El Metro de Bogotá se representa como un «Túnel dorado que no lleva a ninguna parte», con luces de neón azules apagándose en espiral. El Metro es el «futuro perfecto» definitivo de Bogotá: siempre habrá sido construido, pero nunca es. En la lógica de la tragaperras, el Metro es el símbolo de alto valor que aparece en los dos primeros rodillos para excitar al jugador, pero que rara vez aparece en el tercero, manteniendo al ciudadano en un estado de espera perpetua. Esto se alinea con el concepto filosófico de la «Esperanza» como mecanismo de control, donde la promesa del futuro se utiliza para justificar el sufrimiento del presente.
Máquina III:
La Microfísica de lo Cotidiano (La Mercantilización del Afecto)
La tercera máquina, detallada en la «Serie Cotidiano», lleva la crítica a la esfera íntima, sugiriendo que el fracaso macro-político ha fracturado la confianza interpersonal. Esta máquina opera sobre la «economía política del corazón».
El ícono de «La Promesa del Amor (Monogamia)» —dos anillos entrelazados que se fracturan en el punto de unión— trata el matrimonio y la relación tradicional como un contrato jurídico fallido, comparable a un préstamo en mora. El ícono de «El Amor Transaccional (Sugar Dating)» —una copa de vino llena de monedas— hace explícita la mercantilización de la intimidad. Aquí, la máquina tragaperras revela que, en el capitalismo tardío, el afecto es solo otra divisa para apostar. El «Poliamor (Negociación Permanente)», representado por corazones en espiral, sugiere una burocracia afectiva infinita, donde la «transparencia» se convierte en una carga administrativa.
El ícono de «El Amor Propio (Narcisismo Digital)», que muestra un rostro reflejado en una pantalla con corazones pixelados, critica la economía del «Like». El bucle de dopamina de la validación en redes sociales es químicamente idéntico al bucle de dopamina de la máquina tragaperras. O Fortuna sugiere que el sujeto moderno es a la vez el jugador y la máquina, tirando constantemente de la palanca de la pantalla para ver si es amado.
Paralelamente, la «Promesa de Salud» se visualiza como una cápsula médica partida con engranajes rotos, simbolizando el sistema de las EPS (Entidades Promotoras de Salud) como una máquina disfuncional. Esto resuena fuertemente con la realidad de instituciones cercanas a la exhibición, como el Hospital Universitario Mayor Méderi, que ha atravesado transformaciones corporativas y enfrenta las crisis sistémicas del sector salud, donde el acceso a los medicamentos y servicios se convierte en una lotería literal para los pacientes.
El ícono de la boca expulsando letras que se desintegran representa el «lenguaje vacío» del fatalismo. La frase «Si Dios Quiere», omnipresente en Colombia, es el equivalente verbal de lanzar una moneda. Abdica la agencia a un poder superior (o al azar), reflejando perfectamente la rendición del jugador al algoritmo de la máquina. La fe se convierte en un lenguaje de resignación ante la incertidumbre programada.
